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Personas sumisas: 12 rasgos que pueden revelar una actitud demasiado complaciente

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Personas sumisas: 12 rasgos que pueden revelar una actitud demasiado complaciente

Cuando hablamos de una persona sumisa solemos pensar en alguien que evita las discusiones, acepta las decisiones de los demás o tiene dificultades para defender su propia opinión. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja.

La sumisión no significa simplemente ser una persona tranquila, educada, amable o poco conflictiva. Una persona puede tener un carácter reservado y, al mismo tiempo, expresar perfectamente sus necesidades y establecer límites. El problema aparece cuando ceder ante los demás se convierte en una conducta habitual y termina perjudicando el bienestar o la autonomía personal.

Además, estos comportamientos pueden aparecer en unas relaciones y no en otras. Alguien puede mostrarse muy decidido en el trabajo y adoptar una actitud excesivamente complaciente con su pareja, su familia o determinadas amistades.

Estos son 12 rasgos y actitudes que pueden caracterizar a una persona con tendencia a comportarse de manera sumisa.

Les cuesta decir que no

Uno de los rasgos más reconocibles es la dificultad para rechazar las peticiones de otras personas.

Pueden aceptar favores, planes o responsabilidades aunque no tengan ganas de hacerlo o incluso aunque sepan que les va a generar problemas. A menudo, el temor a decepcionar a alguien pesa más que sus propias necesidades.

Decir «no» puede provocarles incomodidad porque anticipan que la otra persona se enfadará, se sentirá decepcionada o cambiará su opinión sobre ellas.

Ponen las necesidades ajenas por delante de las suyas

Una persona sumisa puede acostumbrarse a preocuparse constantemente por lo que necesitan los demás.

Puede cancelar sus propios planes para ayudar, adaptarse siempre a los horarios de otra persona o aceptar decisiones que realmente no le convencen.

Ser considerado y generoso no es negativo. La diferencia aparece cuando existe un patrón en el que las necesidades propias quedan prácticamente siempre en último lugar.

Evitan los conflictos

Las discusiones pueden generar un nivel de incomodidad que lleva a algunas personas a hacer cualquier cosa por evitarlas.

En lugar de expresar un desacuerdo, pueden guardar silencio, cambiar de opinión o aceptar una situación que consideran injusta.

El problema de evitar sistemáticamente los conflictos es que algunos asuntos importantes nunca llegan a hablarse y el malestar puede acumularse con el tiempo.

Les cuesta expresar lo que realmente piensan

Una persona puede tener una opinión perfectamente definida y, aun así, preferir no compartirla.

Puede utilizar expresiones como «me da igual», «lo que tú quieras» o «como prefieras» incluso cuando sí tiene una preferencia concreta.

En determinados casos, esta conducta está relacionada con el miedo a ser criticada, juzgada o rechazada.

Buscan aprobación antes de tomar decisiones

Otra actitud que puede aparecer es la necesidad constante de conocer la opinión de los demás antes de decidir.

Preguntar a otras personas puede ser útil, pero depender continuamente de su aprobación puede dificultar la autonomía.

Desde decisiones pequeñas, como elegir un restaurante, hasta cuestiones importantes relacionadas con el trabajo o las relaciones personales, la persona puede sentirse insegura si no recibe confirmación externa.

Piden perdón constantemente

Las disculpas forman parte de una comunicación saludable cuando realmente hemos cometido un error. Sin embargo, algunas personas tienden a pedir perdón incluso cuando no existe una razón clara para hacerlo.

Pueden disculparse por molestar, por expresar una opinión, por pedir un favor o simplemente por ocupar espacio en una conversación.

Cuando el «perdón» se convierte en una respuesta automática, puede reflejar una preocupación excesiva por incomodar a los demás.

Tienen dificultades para establecer límites

Los límites personales permiten expresar qué comportamientos aceptamos y cuáles no.

Una persona con tendencia a la sumisión puede permitir que otros dispongan de su tiempo, le hagan peticiones constantes o traspasen determinados límites porque le resulta difícil expresar su rechazo.

Aprender a establecer límites no significa ser egoísta. Significa reconocer que las propias necesidades también merecen ser tenidas en cuenta.

Minimizan sus propios logros

Algunas personas sumisas restan importancia a sus capacidades y a aquello que han conseguido.

Cuando reciben un elogio pueden responder con frases como «no es para tanto», «tuve suerte» o «cualquiera podría haberlo hecho».

La humildad y la modestia no son negativas. El problema aparece cuando una persona es incapaz de reconocer prácticamente ningún mérito propio y atribuye sistemáticamente sus éxitos a factores externos.

Dejan que otros decidan por ellas

Elegir constantemente lo que quieren los demás puede convertirse en una costumbre.

Dónde ir, qué hacer, qué película ver, cuándo quedar o incluso decisiones mucho más importantes pueden acabar dependiendo siempre de otra persona.

Ceder alguna vez es normal. La dificultad aparece cuando se renuncia de forma habitual a participar en las decisiones que afectan directamente a la propia vida.

Guardan la frustración en silencio

No expresar el desacuerdo no significa que este desaparezca.

Una persona puede aceptar una situación para evitar una discusión y quedarse posteriormente con sentimientos de frustración, tristeza o enfado.

Si este comportamiento se repite durante mucho tiempo, puede generar un importante desgaste emocional. En algunos casos, todo aquello que se ha ido acumulando puede terminar apareciendo de forma repentina.

Temen decepcionar a los demás

El miedo a defraudar puede influir considerablemente en el comportamiento de una persona sumisa.

Puede resultar difícil rechazar una invitación, cancelar un plan o expresar una opinión diferente porque existe una preocupación constante por cómo reaccionarán los demás.

Esto puede llevar a mantener compromisos que realmente no se desean o a actuar de una determinada manera simplemente para evitar que otra persona se sienta mal.

Tienen dificultades para defender sus propios intereses

Todos los rasgos anteriores pueden terminar provocando una dificultad general para defender las propias necesidades.

Esto puede observarse en el trabajo, en las amistades, en la familia o en una relación de pareja. La persona puede saber que algo no le gusta y, aun así, sentirse incapaz de expresarlo.

Defender los propios intereses no implica imponerse sobre los demás. La asertividad permite comunicar lo que necesitamos de una manera clara y respetuosa, teniendo en cuenta tanto nuestros derechos como los de otras personas.

¿Ser sumiso significa ser una persona débil?

No necesariamente.

La sumisión describe determinados patrones de comportamiento y no determina el valor, la inteligencia, la capacidad o la personalidad completa de alguien.

Una persona puede comportarse de manera sumisa en una relación concreta y ser muy independiente en otros ámbitos. También puede modificar estos patrones con el tiempo.

Por eso conviene evitar etiquetas demasiado rígidas. Presentar uno o dos de estos comportamientos no significa automáticamente que una persona sea sumisa.

¿Por qué algunas personas adoptan comportamientos sumisos?

No existe una única causa.

Estos comportamientos pueden estar relacionados con diferentes experiencias personales, con la forma en la que se han aprendido determinadas dinámicas de relación o con el miedo al rechazo y al conflicto.

También pueden verse reforzados por relaciones en las que una persona se acostumbra a ceder y otra a tomar las decisiones.

Comprender el origen de una conducta puede ser útil, pero no resulta adecuado sacar conclusiones sobre una persona únicamente observando algunos comportamientos.

Sumisión y asertividad no son lo mismo

Entre la sumisión y la imposición existe un punto intermedio: la asertividad.

Una persona asertiva puede decir que no, expresar una opinión diferente, pedir ayuda, establecer límites o comunicar que algo le molesta sin necesidad de atacar a los demás.

Desarrollar esta capacidad puede empezar con pequeños pasos: expresar preferencias, rechazar alguna petición cuando sea necesario, dejar de disculparse por todo y aprender a comunicar las propias necesidades con claridad.

Reconocer los patrones puede ayudar a cambiarlos

Ser consciente de determinados comportamientos es el primer paso para comprender cómo nos relacionamos con los demás.

La finalidad no consiste en dejar de ser amable, generoso o conciliador. Se trata de encontrar un equilibrio en el que cuidar a otras personas no implique olvidarse continuamente de uno mismo.

Porque respetar a los demás y defender las propias necesidades no son comportamientos incompatibles. Una relación saludable debería dejar espacio tanto para escuchar como para ser escuchado, tanto para ceder como para poner límites.

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